En una oscura noche de marzo se encendió una luz. No era como el fuego de las chimeneas, no ardía para dar calor; no era más que un suspiro de gas metano y magia vieja, una llama pálida que flotaba sin peso, fría al tacto, errante por naturaleza. Desconocía qué era hambre o cansancio, su destino era vagar jubilosa, libre y solitaria.
Se divertía haciendo dudar a quienes la presenciaban de si lo que veían era estrella o ilusión, causaba asombro y temor, pero había algo que no tenía: permanencia.
—¿Por qué no te apagas? —preguntó la llama, girando a su alrededor como una luciérnaga curiosa.
—Porque alguien podría necesitar claridad o calor —respondió la brasa con su voz suave y crujiente.
El frío fuego nunca había pensado en “necesidad”. Hablaron durante horas. Uno contó historias de brumas y mito; otro de manos extendidas e inviernos fríos. El viento sopló más fuerte y la brasa comenzó a apagarse. En un impulso, el fuego descendió y envolvió a la brasa con su luz fría.
Y entonces ocurrió algo que el tiempo no había visto jamás. La brasa no se apagó y el fuego no se desvaneció. Una simbiosis perfecta. Nació una llama nueva, pequeña y firme, que te invitaba a soñar y te envolvía.
Esta es la verdad: la prueba de ello es la vela que sostienes entre tus manos. Nosotros, los buscadores de magia, recogemos estos espíritus en frasquitos de cristal. Cada vela cuenta su propia historia.
Ahora que conoces el secreto... ¿A cuáles elegirás para que te acompañen?